Recuerdo mis primeros años de vuelo, un parapente, un arnés
y un casco para muchísimas horas de vuelo, mas de las que recomendaba el
fabricante.
No se la razón para esta austera preferencia, tal ves por la
coyuntura económica del país, porque era difícil conseguir un parapente nuevo,
porque éramos menos consumistas, porque ahora nos preocupa mas seguridad, la
apariencia, la performance. No lo se con certeza.
Lo que se es que llegábamos a conocer nuestros parapentes a
la perfección, nuestras alas, colegas, compañeras de aventura, angeles de la
guarda a veces, a veces también casi nuestras verdugas.
Velas que volaban bien, otras mal, con desperfectos y erros
de diseño, feas o bonitas, lentas o rápidas, todas las clases servían para
todo: vuelos de distancia y maniobras. No importaba, aprendíamos a respetarlas,
quererlas y volarlas. Ellas a cambio nos ensenaban como volar y volar bien.
Casi como domar un potro, cada vela tiene su truco, y
nosotros lo descubríamos. Luego descubríamos como domar el clima, el viento, la
térmica, la montana. Como consecuencia de ellos a dominar el miedo.
